martes 2 de junio de 2009

El túnel




Sabía que no iba a gustarme, lo supe nada más entrar; que lo iba a pasar mal, pero jamás imaginé terror. Y él, bueno él resultó un tipo atractivo, joven aunque no lo bastante como para desconfiar; sin embargo su mirada perpleja incluso antes de que cruzáramos una palabra y el tono desabrido con el que pronunció las primeras preguntándome la edad y el peso, me alertaron de que algo no estaba bien. Luego, en fin, esa sensación implacable de vulnerabilidad y esperpento de mi cuerpo a medio desvestir, caricatura de un cuerpo desnudo. Los brazos que estorban, el tronco inmóvil, los pies juntos perforando una baldosa y la cabeza a punto de estallar con el ritmo enloquecido de los ojos que no consiguen fijar un rincón en el que perderse. "Túmbate y no te muevas. Diez minutos" ¿Y ya? ¿No vas a contarme nada más, qué vas a hacerme? O no sé, es la primera vez ¿una palabra amable, tranquilizadora, una sola? O quizás una mirada decidida y segura que hubiera cambiado sus facciones inquietantemente pasmadas. Pero se trataba de obedecer así que me tumbé sobre una especie de colchón relativamente mullido y me dejé llevar, literalmente. Cerré los ojos, respiré hondo y al expirar escuché un sonido remoto, mecánico, como de ruedas sobre rieles. Cuando los abrí estaba en el interior de un túnel, más estrecho que un ataúd y con el techo a menos de un palmo de mi cara. Traté de enfocar la vista más allá de mis pies que me pareció que estaban lejos, muy lejos de mi cuerpo. La camilla seguía internándose inexorablemente en las profundidades del túnel y la entrada se alejaba para convertirse en un punto de luz en el más allá que acabó por apagarse. Estaba sola, enterrada en vida, sorda y rodeada de una luz que hubiera jurado que era la misma que la de un fuego fatuo; la pesadilla que tantas noches me despierta a gritos esta vez era real porque eran las cuatro de la tarde y yo no estaba en casa durmiendo la siesta. Sentía que las paredes se estrechaban, que el techo acabaría por aplastarme mientras la camilla seguía por su vía recta y directa al infierno. De pronto me escuché gritar "¡para para para para para para!" aterrorizada y convencida de que el gruñido de la máquina infernal ahogaba mis chillidos. "¡Para para para para paraaaaaaaaaaaaaaaaa!" Sentía cada músculo, cada tendón, cada hueso, cada fibra de mi cuerpo paralizados. Catalepsia. Creo que grito pero no lo hago. Nadie me oye. Terror, pánico desde el cerebro extendiéndose y ocupando cada poro. ¿"Qué pasa?". Y la camilla que empieza a desandar el camino. Ahí estaba la luz, al final del túnel, la entrada que por fin era la salida enmarcando, de nuevo, la misma estúpida mirada perpleja del técnico en diagnóstico por la imagen. Cuando conseguí incorporarme me avergoncé al comprobar que estaba llorando a moco tendido, que los músculos habían decidido responder otra vez en una convulsión histérica que me devolvía a la vida. "La otra máquina para las resonancias magnéticas es abierta, puedes pedir cita en admisiones". Me bebí las lágrimas, las convulsiones y la vergüenza de un solo trago y las cambié por un vómito de ira reprimido en las vísceras durante el que decidí que ahora sí, que ya sí, que a partir de mañana y sin falta meto en el bolso el cuchillo jamonero. Que para eso sirven también los bolsos grandes. Y ¡ah! a partir de mañana, mejor que ningún imbécil pregunte eso de "¿por qué las mujeres lleváis tantas cosas en el bolso?"

martes 19 de mayo de 2009

Dos copas de vino tinto y un teléfono móvil




Antes de nada quiero pedirte disculpas: llego a casa algo perjudicada; la culpa la tienen dos copas de vino tinto que me han sentado mal, o bien, según se mire. Mal porque he derramado la última botella de leche de soja (yo sin la soja no soy nada) y bien porque me resultará más sencillo acostarme sola esta noche (yo sin ti no soy nada). Así que este texto (morado sin duda) vete tú a saber por dónde irá. Se me había ocurrido escribir algo sobre Benedetti, pegar alguna letra de Antonio Vega, contarte cómo y por qué me he sentido perdida, sola y asustada esta mañana cuando al sonar el despertador la vida se me ha encallado en el estómago (¡oh!), o, yo que sé, abrir la nevera y explicarte que sólo tengo una lechuga aburrida y un par de yogurs (¿yogures?) con vida inteligente más allá de los bífidus (leche de soja ya no) y montar una preciosa metáfora acerca del absurdo existencial (mentando a Sartre o a Houellebecq), o incluso escribirte acerca de lo desolador que resulta abrir el correo y no encontrarte entre el pennis enlargement y el best sex positions. El MSN es que ni lo abro. Qué acojone meter el usuario y la contraseña y ¡encontrarte!

Sí, se me había ocurrido, pero no toca. Esta noche se trata de contarte que aún es demasiado pronto para los buenos momentos. Que no estaba preparada para una cita con besos desde una barba cerrada, de esos que horadan las mejillas y la barbilla, y plantan una sonrisa bobalicona y escocida al amanecer. Que no contaba con emborracharme con Philip Marlowe y que, cabrón, no quisieras abofetearme pero sin embargo me llamaras muñeca. Que ni se me ocurrió que tu conversación fuera mucho más inteligente y divertida que la mía y que tus argumentos resultaran mucho más sólidos e ingeniosos que los míos, y menos aún que mi pasado de desamor desolado devastado desierto descorazonado y/o deprimido no te interesara una mierda. Que cómo iba a imaginar que me obligaras a susurrarte en la bragueta sóc teva sin tocarte, sin que me tocaras y la respuesta fuera una erección, mi alma. Que sólo te preocupara dónde follarme esa noche, la noche de mañana y las noches del resto de tu vida, muñeca y cómo se dice follar en catalán. Que no esperaba empezar a echarte de menos cuando al alba nos despedimos con Eva Cassidy en los oídos sordos, un par de orgasmos entre las lenguas y un te llamo chorreando en los labios. No tocaba que nadie volviera a robarme la calle Betis ni a romperme ninguna esquina de Sevilla.

Sin embargo sé que no debería hablarte de la angustia, la ansiedad, la amargura, y/o la agonía de vivir por y para el teléfono móvil, sí, ese que sólo suena para despertarte por la mañana o para matarte cuando no eres tú quien saluda desde el otro lado. Ese puto aparato que se transforma en un marcapasos cuando vibra y que te exhorta a un bypass cuando lo hace desde unos dedos que no son los tuyos. No, no debería hablarte del odio como el más eficaz cargador de batería.

Quizás ahora sí, anulados los efectos etílicos de tanto golpearme la cabeza contra el teclado, podría recitarte a Benedetti:
Después de todo
la muerte es sólo un síntoma
de que hubo vida
y añadirle un cortaypega de Antonio Vega:
Podemos ir donde digas tú
y ver aquello que nadie vio.
Y ya por último, mi alma, y aun a riesgo de parecerte una hija de puta, amén de una frívola contumaz, he de confesarte que me ha tranquilizado y reconfortado averiguar que no me has telefoneado porque tu esquela apareció un par de días después de que me llamaras muñeca. ¿Entiendes por qué no tengo cojones de abrir el MSN? A ver si resulta que tú eres "diferente" y te da por volver.

domingo 10 de mayo de 2009

La primera vez




¿Por qué no ahora? Vamos, ten coraje. Son centímetros los que os separan. Podrías ponerle la mano en el muslo desnudo, pero de otra forma; mantenerla en suspenso al borde del tacto, en un plazo exiguo el vello del muslo se tensaría en un escalofrío. Lo estás deseando; intuir la quemazón y recibir una descarga de electricidad estática en las yemas de los dedos cuando le claves las uñas en la piel. Mírala, está radiante. Es la mujer más guapa e inteligente que conoces. Su belleza no asusta, no resulta amenazadora, no presagia fatalidades, es íntima y pueril en los ojos que brillan boquiabiertos la sorpresa de vivir, en la boca diminuta y carnal al sur de una cara de luna. Te gusta escucharla dibujar pasiones en el aire con las manos agitadas y las palabras entusiastas; robarle la mirada turbada cuando se da de bruces con la tuya. ¿Y sus piernas? ¿No vas a negar que te vuelven loco? ¿verdad? Venga, díselo ahora, al oído, dile que no las cruce, que las abra lo suficiente para que puedas adivinar el olor de su sexo. El tuyo se está desgañitando bajo el pantalón. Aprovecha para morderle el lóbulo de la oreja, para absorberla, engullirla entera y marcarla con saliva mientras los demás dejan su rastro en el sorbete de limón. Arriesga por una maldita vez. Bébetela antes de que traigan los cafés y el cava. Sé obsceno y canalla, emborráchate con su boca, engulle su lengua y devora sus labios con el ansia del sexo inaplazable; arrástrala fuera del restaurante y fóllatela en el primer portal que encuentres con la urgencia, la confusión y las promesas de la primera vez y deja que los amigos soplen las velas de la tarta de vuestro décimo aniversario de boda. ¿Sí o qué? ¿Lo haces tú o lo hago yo?

lunes 27 de abril de 2009

La cachimba





Harta de amar a base de penas y "jartita" de beber sola me dejé embrujar sólo por sus ojos verdes. Del resto decidí no acordarme nunca. Entre el humo de la cachimba hubo apenas ¿qué? ¿un par de horas? El tiempo suficiente para que mi hijo tenga aquellos ojos verdes.

Qué puntería el nota, "illa".

miércoles 22 de abril de 2009

Ellos (III)




Eras un erudito. Pocas disciplinas te resultaban ajenas. No eras un pedante. Dominabas también el arte de la retórica. La seducción te coloreaba las pupilas. O quizás era la miopía. Eras locuaz y ameno. Gesticulabas mucho al hablar y te divertías en cada aspaviento. Cuando te reías eras espléndido y noble. Contagiabas ganas de sacar un doctorado.

Pero a mí lo que me ponía era tu culo.

Contigo aprendí de Pavlov, de Watson, de Thorndike y de Skinner. Entendí a la primera el paradigma estímulo-respuesta: ante la presencia de tu culo, salivaba.

Contigo aprendí de Darwin. Me resultaba tan obvio que la selección natural optara por tu culo como el mejor adaptado a su medio ambiente particular.

Contigo aprendí de constelaciones. La primera noche en la que me mostraste la vía láctea estabas de pie bajo el cielo almeriense y yo arrodillada, abrazada a tu culo.

Contigo aprendí la diferencia entre la fisión y la fusión nuclear. Opté por la fusión. Tus nalgas prietas acopladas perfectamente a su eje generaban mucha más energía justo debajo de mi ombligo que las de esos culos con un centro de gravedad vacilante.

Contigo aprendí de la utopía de Tomás Moro y de la distopía de Fahrenheit 451. En un mundo distópico te conté que de ti me gustaba todo pero que lo que me ponía era tu culo. Y te casaste conmigo enfundado en unos vaqueros ajustados mientras gesticulabas divertido y feliz meneando el trasero. Felices por decreto. El culo como paradigma de un hedonismo vacuo. En un mundo utópico te conté que de ti me gustaba todo pero que lo que me ponía era tu culo. Y me matriculaste en las facultades de Psicología, Biología y Física. Y me saqué tres doctorados cum laude. Adquirí los estupendísimos hábitos de la lectura y el estudio y aprendí a pensar mucho y por mí misma. Dejé de salivar frente a tu culo. Dejé de ser estúpidamente feliz.

martes 21 de abril de 2009

Ellos (II)




Para ti, porque aunque has aprendido que los príncipes azules destiñen conservas la mirada transparente.

Yo tenía veinte años por aquel entonces y era imbécil y sentía una debilidad casi patológica por los neuróticos y los profesores. Decías que amarme era un reto al que querías enfrentarte con la cabeza, el corazón y la sangre. Las afirmaciones exaltadas y categóricas y el dedo índice de tu mano derecha acariciándome los labios, forzándolos a ofrecerse, sobando las encías hasta secarlas, plagiando un beso enredado de lengua y saliva, se me enquistaban en el vientre en un fragor de cataratas y en la garganta en un gemido sofocante.

Yo tenía veinte años y era imbécil y ni se me ocurrió preguntarme ni preguntarte por qué amarme era un desafío; lo de la cabeza, el corazón y la sangre me nubló la razón y el amor propio. Y tus ejercicios de introspección para los que necesitabas unos días de silencio (el mío que no el del resto de alumnas que te follabas a voz en grito mientras meditabas); las crisis histéricas de las cuatro de la mañana acompañadas de palpitaciones y alaridos con los que me suplicabas que te quisiera siempre, que te quisiera en serio; tu semen trepidante salpicándome las mejillas y tus lágrimas mojando de culpa las tuyas por la esposa que te esperaba en casa; en fin, tu dolor infinito y tu angustia desgarradora porque a ella la querías y a mí me amabas, me sumieron en una culpa que sólo permitía preguntarme cómo amarte más, cómo amarte mejor.

Yo tenía veinte años y era imbécil y acepté como propio tu credo emocional: sólo tú sabías del amor y sus renuncias, sólo tú sabías del amor y su altruismo, sólo tú sabías de los cuernos y sus renuncias y su altruismo así que seguía ahí, consolando tus lágrimas y asilando tu semen, dispuesta a aliviar el dolor por el amor que ya no sentías por tu mujer, abierta para acoger la erección que tu mujer no te provocaba.

Hasta esa mañana en la que triste y maltrecha buscaba el amparo de las sombras en el breve resquicio del balcón que el sol de agosto no alcanzaba para que tú pudieras hablar con tu casa seguro de que nada delataría mi presencia. Esa mañana supe que yo era una imbécil y tú un hijo de puta. Yo tenía veinte años y tú cuarenta. A mí me quedaba tiempo para curarme, a ti no.

viernes 17 de abril de 2009

Ellos (I)




Muchos. Amados, odiados, follados, inventados. Pero nunca demasiados.


Lo último que dijiste fue "tú has nacido para esto".

Unos veinte minutos atrás te desbordaste en un orgasmo caudaloso con el que me enceraste los muslos y con el que me arrancaste un mechón de pelo y una carcajada al grito de "¡meretriz!". Un poco antes dijiste que me colocara a cuatro patas al borde de los pies de la cama y me follaste inclemente como una lluvia ácida, mecánico como una torre petrolífera de perforación y soporífero como un mitin de José Montilla. Nada más llegar a tu piso balbuceé pene, saliva y lengua con la boca sitiada mientras tú bramabas "¡mesalina!" y Björk se desgañitaba irritante pero alternativa desde el iPod. En el ascensor tus dedos sólidos malograron una promesa líquida bajo mi ombligo. Al acabar con la segunda botella de vino aceleraste el monólogo con el que aplastaste mi cabeza contra una de las paredes del bar en el que me habías citado, para convencerme sin la colaboración de una tercera botella de que eras un hombre excéntrico, iconoclasta, contradictorio, heterodoxo y contestatario para afirmar, ya agotados los sinónimos del Word que memorizaste, que tú eras el sexo. Sin haber terminado la primera copa de Rioja sabía que eras un tipo ridículo, cargante, adocenado y vulgar que vivía de prestado usando palabras ajenas y autores que siempre citabas mal.

Lo último que dije fue: "tú no".

lunes 23 de marzo de 2009

Peep show




La visita desde hace días puntual a su cita de las once de la noche. Le pide cosas extrañas, algunas inusuales, otras excéntricas: que le cuente, por ejemplo, qué marca de champú utiliza, si apoya el brazo en la ventanilla mientras conduce, si prefiere lo alto de una mesa o el suelo para sentarse, si camina descalza por casa, cuándo fue la última vez que se perdió, a qué jugaba cuando era niña, si se queda dormida con la luz encendida de la mesilla de noche, dónde se compró el último pijama, si pone música cuando lee, si es mejor el cigarrillo de un café o el de una copa, si cuenta con los dedos, qué encuentra en los bolsillos de los abrigos que no se pone.

A veces le pide que lea en voz alta y que no levante la vista del libro para dirigirla a la cámara. Quiere que de vez en cuando se humedezca los labios con la punta de la lengua, cierre los ojos y suspire como si estuviera cansada. Que le ofrezca algo de beber, deje el libro sobre el sofá del fondo de la habitación y le diga que en la cocina va a echarle de menos. Que se desperece mientras el objetivo va perdiéndola por el pasillo y que lo último que le muestre sean los brazos estirados, las manos buscándose en la espalda y la cintura arqueada.

Le gusta que vista amplios jerséis de lana hasta las rodillas y nada más. Que se siente en el suelo, flexione las piernas y las rodee con los brazos en un movimiento que desvista los hombros. Que con el dedo índice de la mano derecha acaricie los empeines de los pies desnudos en un gesto moroso, se abrace el cuerpo de nuevo, que ahora sí, mire directamente a la cámara y le invite a un beso que inunda los ojos y deja caer un hilo de saliva desde la barbilla hasta el hueco entre los muslos.

Jamás le ha pedido que se masturbe, ni siquiera que se desnude y nunca tampoco ha tenido problemas con su tarjeta de crédito. Pero cuando se despiden y apaga la webcam se siente acorralada entre un orgasmo urgente y la idea de que la tarjeta de crédito no va a mantenerla a salvo.

viernes 20 de marzo de 2009

Los besos en Sevilla son una maravilla




En la calle Mateo Alemán muy cerca de La Magdalena hay un bar mínimo en el que las parejas se besan de perfil y las miradas no tienen donde evitarse. Es un local con regusto añejo y decadente que alardea de diseño aunque con cierta prudencia, y en el que un atildado ninfo se empeña en colar la bandeja entre cuerpos embarullados sobre los taburetes y manos gesticulantes en conversaciones ajenas.

Arrinconada por un corrillo de vociferantes cabezas de chorlito engominadas hasta el hipocampo y aturdida por las cervezas varias que se había recetado para nublarse los sentidos, no se dio cuenta de que había colgado el bolso en su brazo en un intento por dejarlo sobre la barra hasta que una voz familiar y risueña le dijo "creo que esto es tuyo". Trató de fijar la vista en el hombre que desde un pasado reciente aparecía sin avisar para devolverle el bolso como si antes no le hubiera quitado mucho más y al rozar su mano sintió el mordisco de un fantasma.

Trastornada por el resquemor de la herida se desató en una espiral de reproches, insultos, lamentos, interrogantes e incluso súplicas que escupía con la boca clavada en el suelo y a la que puso fin el beso húmedo de ron de una lengua de perfil. Las palabras se emboscaron en el paladar o se diluyeron en saliva mientras los dedos buscaban no equivocar la piel por la que trepar.

En el bar mínimo el tiempo no cabe, los minutos y las horas se hacinan hasta agarrotarse y convertirse en eternidad que fue, precisamente, la duración del beso. O esa fue su sensación, la de que no había hecho otra cosa que callejear por su boca desde el único siempre que merecía la pena recordar.

Pero llegó el momento de recomponer el magreado perfil, de tragar saliva en lugar de intercambiarla y de parpadear con fuerza hasta fijar, ahora sí, la vista en el rostro del hombre que hacía una eternidad le había servido de perchero para descubrir que nunca antes le había visto.

"Sé que tienes mucho todavía por reprocharme y probablemente lo merezca pero ¿qué te parece si rebobinas y me llevas justo al lugar y al instante en que nos conocimos? Alguien que besa como tú se merece que nos encontraremos de nuevo, hoy, aquí y que no tenga nada que recriminarme."

lunes 9 de marzo de 2009

Memoria familiar




El abuelo Pablo deja tras de si un rastro de migas y un cauce de lágrimas de viejo cada vez que nos cuenta que pasó tanta hambre durante la guerra que ya de antes que nosotros naciéramos lleva siempre mendrugos de pan en los bolsillos de su guayabera celeste.

El abuelo Pedro nos espera a comer cada sábado vestido con un traje de raya diplomática y una sonrisa de bienvenida oficial húmeda de martini seco y nos cuenta que durante los bombardeos invitaba a Gardel a su gramófono y a la abuela Lourdes a un tango atronador.

Papá pasó el verano del 56 entre lápices y carboncillos para descubrir que en los lienzos sólo había bodegones con cebollas en blanco y negro y un surtido de lágrimas al por mayor cada vez que escuchaba cantar a la abuela Elena que veinte años no es nada y llorar que no había donde volver.

Mamá se refugió de una borrasca de grises en el paraninfo de la universidad colgada del brazo de Sartre y brincando entre los versos de Alberti mientras María Zambrano le guiñaba un ojo desde La Habana al escucharla vociferar "¡el género humano es la internacional!"

En Reyes el abuelo Pedro coloca la cesta del pan junto al plato del abuelo Pablo y mamá le regala a papá una caja de lata de colores Carandache.

domingo 8 de marzo de 2009

Una cita "on my way"




Las personas felices son todas iguales, las infelices lo son cada una a su manera.

Hoy me he suicidado, hace ya un rato. Primero pensé en hacerlo con pastillas pero recordé que la vez anterior fue un desastre porque no me mataron pero me dejaron con un riñón menos y con el otro intimando con la diálisis. Guardo además un terrible recuerdo del lavado de estómago en el que me veo tendida en una camilla, camuflada bajo una absurda manta de croché y aullando a cada centímetro que el tubo avanzaba por el tabique nasal. Todo muy poco "glamuroso" para mi pesar porque el médico de urgencias, tan cariñoso él, me recordaba a Ralph Fiennes con banda sonora de mi delirante elección incluida: They say it's wonderful. Es que la de El paciente inglés me resultaba "too kitsch".

Esta vez he optado por un clásico con más solera: he dejado que me engullera una locomotora. Nada que ver con Ana Karenina, la máquina de su tren era de vapor y su vestuario constaba de un delicioso sombrero, pero las vías saladas y oxidadas de mar y el ligero vestido de gasa cosquilleándome los pezones, han configurado una escena entre romántica y erótica y sólo, al final, descorazonadora, justo cuando la máquina me ha aplastado la cavidad torácica y el corazón ha salido expelido, y pegando tumbos ha acabado ahogándose de pena en el mar. Quién sabe, quizás en el fondo abisal se encuentre con el riñón que perdí y se trasplanten a una sirena. Pero no ¡quién quiere reencarnarse en salazón!

En otra ocasión probaré con un revólver (me encanta esa palabra casi tanto como la frase "se descerrajó un balazo en la tapa de los sesos") Es poco femenino y sutil pero resulta extravagante y yo soy una excéntrica a la que le gusta llamar la atención. Si puedo elegir, al ritmo del sexo saxo de Coltrane.

sábado 28 de febrero de 2009

Tántrico de necesidad




"¡Cuánto daño hizo el pequeño saltamontes!"

Es que me harté de oírle decir que hablo mucho y sólo de sexo. Y no, no es que sea mentira pero ya saben aquello de que todo deseo insatisfecho provoca una verborrea excesiva. O quizás no lo saben pero es mi caso. Y luego estaba esa impertinente insistencia en que mi espíritu atormentado era consecuencia de una infancia desestructurada lo que me hacía buscar en cada amante una figura paterna y autoritaria. Yo, espíritu poco, en todo caso hormonas y un sexo húmedo y receptivo especialmente cuando tengo las manos atadas a la espalda a pesar de que mi niñez y mis padres resultaron de lo más convencional. Pero el colmo fue lo de los chakras, en especial el segundo, ese que está justo debajo del ombligo y rige la sexualidad. Ahora traten de imaginarme apareciendo en el dormitorio gateando, con un tanga rojo puta, de blonda y puntillas y con un par de pinzas unidas por una cadenita estrujando los pezones; ah, se me olvidaba, y la fusta en la boca, aquella con la que hasta hacía medio año más o menos me castigaba cada noche por no tener el coño lo bastante húmedo ni el culo lo suficientemente dilatado como para follar el primero sin obstáculos y sodomizar el segundo sin excoriaciones. ¿Me ven? Bien, pues he aquí que el maestro, ahora en Reiki, que también me vio y sin duda mejor que ustedes, dejó sobre la cama el libro Filosofía de la India. Del Veda al Vedanta. El sistema Samkhya y me aconsejó sin compasión y sin pasión una infusión de bergamota y almendra amarga para canalizar correctamente la energía del chakra de mis genitales. Y no, eso no, infusiones y mariconadas las precisas que precisamente él sabía cuantas amistades había enviado a la mierda cuando en barras nocturnas y ahumadas se hacían con un poleo menta o un Nestea. Así que un rato después y aprovechando que la meditación le había dejado al borde del nirvana, lo sujeté de manos y pies al cabecero y a las patas de la cama y le practicé una felación tántrica al tiempo que presionaba con los dedos entre el ano y el escroto imposibilitándole el orgasmo redentor durante horas. La consecuencia final fue un ataque cardíaco que liberó la energía de su cuarto chakra, el del corazón y la compasión.

miércoles 18 de febrero de 2009

Alejandra, Nut y un hijo de puta


Alejandra tiene apenas 20 años, esos apenas 20 años de los de hoy, de los que todavía se viven con acné y con juegos en el móvil; con gorras de visera a la americana y súper-whopper-big-extra-mac muy hecho; con "la verdura ¡qué asco!" y las consignas políticas "¡no me rayes"!; con whisky del Carrefour y los lentos a ritmo del hip hop de la radio del coche. Lejos y ajenos a los No pasarán, a los No le pongas parches, la estructura está podrida, a los Che Vive, a los Cuba sí, yanquis no.

Una tarde Alejandra escuchó un grito desgarrador, un aullido metálico y cortante con el que yo le seccionaría la yugular al hijo de puta que intentaba tirar a Nut desde la ventana de un cuarto piso. Arrasando con sus propios gritos el terror de Nut consiguió atraer la atención del vecindario y la del hijo de puta que se plantó delante suyo desafiante blandiendo a la criatura en forma de amenaza.

Alejandra miró al suelo, escondió sus intenciones entre las baldosas mientras el hijo de puta se drogaba con insultos y aprovechó los efectos alucinógenos para arrebatarle a Nut y salir huyendo con diez breves kilos de peso, con un suspiro, con una carita de lápiz en los brazos.

Pasaron la noche juntas entre botellas de Betadine con las que ahora Alejandra curaba su nuevo piercing, ahora curaba las quemaduras de cigarrillo y los navajazos de Nut; entre quejidos mortecinos y caricias susurradas mientras en la radio el Ministro de Justicia se justificaba por ajusticiar venados. Seguro que el Excmo.Sr.D. Mariano Fernández Bermejo gritó a pleno pulmón "¡No pasarán!" pero supongo que se referiría a los venados.

sábado 14 de febrero de 2009

La candidata




Candidata a la alcaldía en las últimas municipales. Cuando recibió la propuesta y una vez controlada la impresión inicial adujo varios motivos razonables y objetivos para no aceptarla mientras el estómago segregaba pretextos confidenciales y subterráneos.

Se había afiliado al partido en un acceso visceral de camaradería de los que solía arrepentirse como arrepentida estaba en ese preciso instante de no haber comprado todos los libros de autoayuda que enseñan a decir no. Así que con el "no" encasquillado en la glotis y tras varias horas de charla y varios botellines de Cruzcampo, una ovación cerrada y ebria la aupó en un equilibrio vacilante al número uno de la lista.

Hubo pegada de carteles a las doce la noche, acto en el que apenas nadie supo dar razón de ella salvo porque su cara adornada con una sonrisa progresista y un corte de pelo sostenible disfrazó en pocos minutos las marquesinas de las paradas de autobús. La entrevistaron en una televisión local y agradeció que sólo fueran cinco minutos: no se le ocurría cómo podría haber dedicado más tiempo al carril bici y a la salvaguarda de los árboles centenarios de la Plaza España. Incluso se le pasó por la cabeza (y se horrorizó) que un espacio electoral más largo o un debate con el resto de candidatos la colocaran en el disparadero de confesar que se compró una bicicleta en un breve episodio de coherencia militante y que tras probarla en el aparcamiento del Decathlon pidió un taxi entre jadeos para volver a casa en la que los ficus (¿o eran potus) se le morían hidrópicos. Un mitin puso a prueba su capacidad del uso no sexista del lenguaje y de unas dotes de seducción propias de un animal político de las que ella nunca había tenido noticia salvo las veces que desnuda, a cuatro patas y con un collar de perro unisex sujetaba con la boca El Capital o Dios y el Estado, o el profesor de Derecho constitucional la condicionaba a salivar mostrándole el pene erecto al tiempo que la obligaba a declamar y memorizar el Capítulo II de los Derechos y Libertades.

La jornada de reflexión la pasó, como suelen hacer todos los candidatos, en familia: después de desayunar y de practicarle una felación al profesor con la boca llena de muesli y frambuesas ecológicas, atendió la llamada del candidato de la capital en la que comentaron los resultados de las últimas encuestas y charló un rato con el jefe de campaña regional sobre el vestuario más apropiado para la rueda de prensa del domingo si los resultados le daban la alcaldía.

Pero no fue así y el domingo por la noche no tuvo que pararse a pensar sobre si era mejor un traje chaqueta con pantalón o un vaquero y un jersey de cuello vuelto. No había rueda de prensa a la que asistir y el profesor decidió darse una vuelta por los estands del Festival de cine erótico con la candidata paseando a su vera a cuatro patas, con collar y correa, un antifaz que apenas ocultaba el color de sus ojos y un plug a modo de cola en el culo.

Cuando se despertó de la siesta aterrorizada y con la respiración perlada de gotas de sudor, aún aturdida por la conmoción de lo que había estado soñando, bajó la persiana hasta que en el dormitorio se hizo de noche, se tomó dos Valium y cerró los ojos incapaz de decidir si le horrorizaba más descubrir que era una candidata sostenible o una sumisa constitucional.

domingo 8 de febrero de 2009

Embarcadero





"He llegado al embarcadero de la noche,
desnuda y con hambre de luz.
Ya nada podrá detenerme."

Ocho islas y un invierno. Marta Navarro García

Aparcamos el coche junto a los Jardines de Murillo y abordamos la calle Santa María la Blanca con paso estresado y mil carcajadas en los labios. Al torcer por Céspedes ya nos habíamos calmado, caminábamos casi de puntillas y las risas las susurrábamos apenas; la calle angosta, las baldosas húmedas, los muros recios y los geranios mustios nos invitaron a la mesura. Quizás algún día, cuando las hormonas vuelvan a ser las que eran y cuando me crea anónima otra vez, te contaré que se me ocurrió que me hacías caminar hacia atrás como un cangrejo por la estrechez de Céspedes sin perder el rastro de tus ojos, que me obligabas a chapotear en los charcos al grito de "¡soy suya y me mojo!", que con mi cuerpo hacías un molde en los muros encajonando tus caderas en las mías mientras me llenabas la boca de geranios con los que pedir auxilio. O no, no sé, que luego me dices que sólo hablo de sexo.

Al encarar la calle Levíes muy cerca ya de La Carbonería, te metí en el bolso, en la agenda, en un día de estos, y regresé al paraguas que no cerraba, al puñetero cigarrillo que acababa de encender justo antes de entrar en un local en el que está prohibido fumar y a la ilusión que me empujaba hasta allí.

Abrí el portón de madera cargado de invitaciones a conciertos, a exposiciones, a presentaciones de libros, a performances, casi con veneración. Al otro lado esperaba un espacio íntimo y acogedor, sosegado y amistoso, racional y dialogante, lírico y conjugador. Qué Sevilla tan diferente a la de la Carmen de Merimée, a la del estoque asesino de Curro Romero o a la de la botellona primaveral en traje de flamenca.

No resultó difícil reconocer a Marta, lo hubiera hecho incluso aunque no la hubiera visto en los vídeos de la presentación del libro en Zaragoza. Su manera de sonreír con los pliegues de la mirada, viva y brillante, granuja y tierna; y las formas de luz que derrapaban de las puntas de sus dedos al agitar el aire con las manos, sólo podían ser de quien no escribe palabras, las escupe, las derrama una a una contra el cielo plomizo de Sevilla.

Luego ya, en su abrazo rojo de vehemencia adolescente y orgánica, en su voz azul celeste destilando versos verdes, sentí que al menos ese día había llegado al embarcadero de una noche radiante, con una gabardina y con hambre de palabras. Y que aunque me detendré muchas veces no será nadie quien me pare.

Grazie Marta e tanti auguri bella.