
Sabía que no iba a gustarme, lo supe nada más entrar; que lo iba a pasar mal, pero jamás imaginé terror. Y él, bueno él resultó un tipo atractivo, joven aunque no lo bastante como para desconfiar; sin embargo su mirada perpleja incluso antes de que cruzáramos una palabra y el tono desabrido con el que pronunció las primeras preguntándome la edad y el peso, me alertaron de que algo no estaba bien. Luego, en fin, esa sensación implacable de vulnerabilidad y esperpento de mi cuerpo a medio desvestir, caricatura de un cuerpo desnudo. Los brazos que estorban, el tronco inmóvil, los pies juntos perforando una baldosa y la cabeza a punto de estallar con el ritmo enloquecido de los ojos que no consiguen fijar un rincón en el que perderse. "Túmbate y no te muevas. Diez minutos" ¿Y ya? ¿No vas a contarme nada más, qué vas a hacerme? O no sé, es la primera vez ¿una palabra amable, tranquilizadora, una sola? O quizás una mirada decidida y segura que hubiera cambiado sus facciones inquietantemente pasmadas. Pero se trataba de obedecer así que me tumbé sobre una especie de colchón relativamente mullido y me dejé llevar, literalmente. Cerré los ojos, respiré hondo y al expirar escuché un sonido remoto, mecánico, como de ruedas sobre rieles. Cuando los abrí estaba en el interior de un túnel, más estrecho que un ataúd y con el techo a menos de un palmo de mi cara. Traté de enfocar la vista más allá de mis pies que me pareció que estaban lejos, muy lejos de mi cuerpo. La camilla seguía internándose inexorablemente en las profundidades del túnel y la entrada se alejaba para convertirse en un punto de luz en el más allá que acabó por apagarse. Estaba sola, enterrada en vida, sorda y rodeada de una luz que hubiera jurado que era la misma que la de un fuego fatuo; la pesadilla que tantas noches me despierta a gritos esta vez era real porque eran las cuatro de la tarde y yo no estaba en casa durmiendo la siesta. Sentía que las paredes se estrechaban, que el techo acabaría por aplastarme mientras la camilla seguía por su vía recta y directa al infierno. De pronto me escuché gritar "¡para para para para para para!" aterrorizada y convencida de que el gruñido de la máquina infernal ahogaba mis chillidos. "¡Para para para para paraaaaaaaaaaaaaaaaa!" Sentía cada músculo, cada tendón, cada hueso, cada fibra de mi cuerpo paralizados. Catalepsia. Creo que grito pero no lo hago. Nadie me oye. Terror, pánico desde el cerebro extendiéndose y ocupando cada poro. ¿"Qué pasa?". Y la camilla que empieza a desandar el camino. Ahí estaba la luz, al final del túnel, la entrada que por fin era la salida enmarcando, de nuevo, la misma estúpida mirada perpleja del técnico en diagnóstico por la imagen. Cuando conseguí incorporarme me avergoncé al comprobar que estaba llorando a moco tendido, que los músculos habían decidido responder otra vez en una convulsión histérica que me devolvía a la vida. "La otra máquina para las resonancias magnéticas es abierta, puedes pedir cita en admisiones". Me bebí las lágrimas, las convulsiones y la vergüenza de un solo trago y las cambié por un vómito de ira reprimido en las vísceras durante el que decidí que ahora sí, que ya sí, que a partir de mañana y sin falta meto en el bolso el cuchillo jamonero. Que para eso sirven también los bolsos grandes. Y ¡ah! a partir de mañana, mejor que ningún imbécil pregunte eso de "¿por qué las mujeres lleváis tantas cosas en el bolso?"













